Reporte

TARRATANGUEANDO 2013 : CÓMO RESISTIR 4 DÍAS DE MILONGA PURA Y QUERER MÁS.

Por Cátulo Bernal, para La bata de Lusiardo
Miércoles, 7 de agosto de 2013

Después del papelón protagonizado por mi sobrino Larrapumbi en Sitges y habida cuenta de las raíces romanas de mi nombre, decidí obsequiarme cinco días de esparcimiento y formando un tándem con el “Pibe Pergamino” nos allegamos a Tarragona, a la tercera edición de este festival que aunque incipiente viene pegando fuerte. Me ilusionaba ver de las ruinas romanas y adecentar mi estilo de baile, propio de mi maestro Corchito Echesortu – que es vistoso, aunque errático desde que lo abdujeron los extraterrestres- para impresionar a la bella del vestido floreado que, con su presencia en la “Milonga del Oriental” ocupa mis pensamientos y me impide dormir o comer alguna picada en condiciones. El Pibe iba a milonguear porque se tiene por bailarín competente, resistente y le gusta lucir su elegancia en cualquier pista.

Debimos llegar al hotel a las 5 de la tarde, pero el desmesurado equipaje del pibe que llevaba 6 pares de zapatos, tres de tirantes, ocho camisas con su ropa interior, cinco trajes, un bañador, una peluca y cuatro perfumes (1 para cada noche) hizo que al casco antiguo arribáramos a las 8, justo para ducharnos, comer y acercarnos a la milonga de bienvenida en un pub irlandés.

Para ser la primera milonga aquello estaba hasta los topes. La pista de parquet impecable y el ambiente, a las 11:30, de una bullanga entusiasmada que bailaba o coreaba los tangos desde las mesas. Apenas tuve tiempo de preguntarle al Pibe qué quería. Me vi arrastrado por su ímpetu y fui a guarecerme en la parte alta, dominando la pista. En cada descanso de las tandas el Pibe se bajaba una pinta de cerveza negra y me hacia comprar una nueva ronda sin que su metabolismo milonguero pareciera sufrir mella. Yo, en cambio, acostumbrado a un buen cabernet, me fui adormeciendo en el danzar de los bailarines y sus variopintos idiomas. Sé que el Pibe me presentó a algunas escocesas y una que otra italiana, además de algunas bellezas locales, mas todo se torna borroso y desagradable cuando recuerdo cómo estaba al otro día en la excursión a la ciudad. Ni foro, ni circo, ni anfiteatro, todo era para mí un punzón de resaca clavado entre ceja y ceja. Vime perdido entre escalones y luego, bajando, el “Pibe Pergamino” me condujo directamente a la playa del Miracle, en donde me tiró al mar.

Sucio, con los pantalones llenos de arena y el cuerpo incómodo, pero reanimado, aquél tunante me dejó en la clase para principiantes-medios de Jorge Udrisard de la tarde y se fue a dormir la siesta amenazando con venir a buscarme para la milonga del Paseo de las Palmeras al aire libre. De más está decir que con mis extravagantes giros Echesortianos me gané el repudio de las pobres pibas que tuvieron a bien rotar para ser mis compañeras creyendo que podían enderezarme. No me echaron porque había pagado y porque algún gancho pude hacer a las columnas, del que saqué el provecho de un dedo machucado y calambres generales.

Afuera, en tanto, se había armado la milonga y una turba de veraneantes observaba la ronda que soportando el calor y el desnivel del suelo se dejaban los meniscos en la pista. Divisé al pibe, que con una camisa Demissroussiana se atareaba con las forasteras. Bajé a un bar cercano y encontré en la carta ancas de rana, que procedí a masticar afectando los modales, cual marqués de veraneo. Al lado se rieron cuando demandé ketchup y una generosa ración de bravas para alegrar su sabor insulso. Me marché dejando atrás a aquellos “inorantis” mientras los veía enchastrarse a todos con unos mejillones.

En el paseo nada había cambiado. Tangos, milongas, valses se sucedían sin pausa y con prisa, porque se venía la noche encima y estaba la milonga en el hotel. Despegué al pibe de una brasileña con la que bailaba y nos fuimos a cenar, previo acicalamiento y sesión dermoestética

Omito aquí las dos milongas que siguieron: viernes y sábado café. El azar quiso que topara con una muchachuela en la milonga y enceguecido por su belleza y pletórico de versos corteses la seguí a sus clases y a la matinée del sábado en el pub Irlandés, sin ver otra cosa que su risueña expresión y las miradas que me lanzaba cuando, inspirado, musitaba en su oído mis versos. No sé en qué idioma hablaba, pero nos separamos con la promesa de vernos en la gran Gala, más tarde.

Había venido con dos camisas, una de las cuales ya tenía una mancha de ketchup mensurable. Rogué, amenacé y supliqué y al final “Pibe Pergamino” condescendió a prestarme una camisa a juego con mi traje gris Tesla a la que adosé mi pajarita preferida, en vistoso cuadrille. Mezclé en una botella de agua sus cuatro perfumes y me embadurné con aquel elixir que, debo decir, olía un poco fuerte.

No eran las 11 del sábado y el salón estaba hasta las cejas. A los participantes del festival se adosaron muchos milongueros de Barcelona y zona de influencia, dándole al local un lleno completo y espectacular. Viéndolo desde afuera comprendí que aquella era mi gran noche, aunque me turbaba el insistente maullido de una corte de felinos que parecían excitados con mi aroma. Mantuve las distancias para no molestar el disfrute de la música y esperamos un poco porque anunció Pilar, organizadora del evento, que faltaba más gente por llegar. Quise acercarme a la tertulia para visualizar mejor la pista, mas por las miradas y los gestos de desagrado que me hacían, pude colegir que no era bien recibido por mi bouquet y el gaterío, que maullaba en los jardines del chill out del hotel.

En circunstancias especiales solo quedan soluciones especiales. Robé una gigantesca cratera en donde se maceraban botellas de cava y cerveza, sustraje un paño de cocina y metiéndome en el baño me froté todo lo que pude para sacar la pestilencia luego de lo cual constaté que la pajarita cuadrillé descansaba en las profundidades del inodoro. Pero ni así se arredró mi alma soñadora. Impoluto del afrodisíaco gatuno, improvisé un vistoso moño con el paño de cocina y así engalanado me volví al salón cuando los muchachos de “Exilio New Tango” comenzaban a tocar: Olvido, Cristian, Emiliano y Darío.

Mamita, aquello se vino abajo. Cuatro eran y parecían una típica de las viejas épocas. Y ahí nomás se lanzaron los bailarines: Isabel-Nelson, Jorge-Raquel, Joseba- Bakartxo, acunados por la voz de Jorge Martínez López.

Qué lujo, qué placer, qué macana. Quise acercarme a la pista pero los contertulios no me dejaron Todos querían verlo todo y no pude moverlos ni un ápice, a pesar del rancio olor que despedía el trapo de cocina. Ni eso los molestó. Embobados estaban y yo con ellos. Bailarines, musiqueros y cantante, todos estuvieron estupendísimos, por eso solo dejo este vídeo con todos.

A remarcar: la afinidad Udrisard-Greenberg, que bailaban por primera vez juntos para el encuentro, el “Milongueando” bailado por Joseba-Bakartxo, pieza de gran complejidad para quien intente bailarla en su hogar, la íntima conexión y el fado de Isabel y Nelson.

En fin, que luego de este gran espectáculo y las palabras de Pilar y Jorge, los factótums del encuentro, se largó la milonga nomás. Larga como era la pista estaba rebosando abrazos por todos los costados. Y ahí comenzó mi calvario, pues la dueña de mis pasadas atenciones no apareció. “Pibe Pergamino” hizo todo lo posible para animarme, me instó a bailar y a sacar a pibas de Sevilla, Murcia, Zaragoza, Tarragona, Reus, San Sebastián, Rusia, Canadá, Italia. Pero nada, las parejas, perfectas en su belleza y plástica, pasaban junto a mí y a mi botella sin que pudiera animarme.

Hasta las cuatro duró aquello. Hasta las tres y cuarenta mantuve intacta mi ilusión mirando hacia la puerta. Al final, despidiéndome del Pibe, que ya libre de chaqueta campaba a sus anchas por la pista con sus tirantes estilo Pepito Avellaneda, me fui a dormir rumiando mis penas y esperando el domingo, que atacaba con cuatro milongas y un asado.

Digo bien: 4 milongas. De 12 a 2 en un local de baile del puerto donde el calor no afectó nada a los que se acercaron, esperando el gran asado criollo de las dos. Si no se durmió, si hubo caras de fatiga, a nadie le importó. Todos estaban allí por lo mismo, bailar y disfrutar.
Con unas bermudas vistosas y alpargatas me mantuve al margen hasta que por el espigón vi venir a mi esquiva compañera, todo sonrisas, todo saludos. De nada me valió hacerme el duro. Cuando uno es sensible lo derriten como caramelo los flanes. A las dos estaba sentado a su lado en la mesa, con el criollo asado en los platos. El Pibe en perspectiva, con su camisa Roussoniana, zampando a dos carrillos matambre y chorizo. Yo entregado a la platica de hombre de mundo, pero vigilando bien de cerca la sangría y el vacío. Y luego, otra vez la milonga de 4 a 7 de la tarde en el mismo recinto.

Con la sangría en el interior aquello cobró nueva vida. La hueste barcelonesa se despedía en esa milonga, así que uno a uno se fueron yendo de la ronda, en la que empero quedaban aún valientes que aguantaban el temporal y las tandas de vals de 4. Jorge tuvo que cortar la milonga y casi expulsarnos hacia la playa, a la milonga en la arena. Yo estaba alelado y había bailado hasta tres tandas -una pugliesiana- y la levedad del baile en la playa me hacía ver la tarde con los ojos del que cree en los milagros.

Quien no haya bailado nunca en la playa, ruegue a San Finito Escabiadin, patrono de los milongueros, porque se le presente la oportunidad. Los que frecuentan Sitges lo saben. Los que estuvimos en el Miracle aquella tarde lo descubrimos. Quien intente bailar con el agua hasta el pecho descubrirá que en ese entorno el que marca es el mar. Quien baile en la arena mojada percibirá la caricia del agua en los adornos, Quien baile playa adentro será uno con la Tierra e ignorará su resistencia.
Luego hubo noche y milonga en el casino, de 10 a 2 de la mañana, prolongada por el entusiasmo de los milongueros resistentes y la benevolencia de la gente del Casino. Pero no me quedé al final: me fui a perseguir un sueño buscando en vano por las calles a mi compañera de milonga… pero esa es otra historia.

Quiero volver a ese instante, como a las ocho y media, allí, en la playa con los últimos rayos de sol sobre nuestras cabezas y sin comprender aún que en aquellas tandas nos estábamos despidiendo, cuando el agua iluminaba nuestros rostros vueltos a la infancia.
El Miracle se vaciaba de bañistas y bailarines. Pocos quedábamos trazando dibujos que borraría la marea. Quiero volver a ese entonces: cuando sentí aquella sensación de la que hablaba Borges, ese tango Valeroso y alegre que plantaba pecho a todas las desdichas, cuando por un segundo entreví, en las caricias del agua y en aquel abrazo despreocupado, lo que era la felicidad.

 

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